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Café negro - 2003
Contratapa
Yo, tú, y entre ambos, la agonía repetida de dos cuerpos, en el imán irresistible de la pasión y el sueño. Que se recrea cada noche, cuando “la luna acude a tu boca / para hincar su filo en mi carne”. Y se hace espera, cuando “el último trago de café / formó el corazón negro en la taza…”, “… y desde las sombras preparo otro/ para no dormirme”. La experiencia amorosa, hilo conductor del poemario, tiene su épica de conquista y trofeo. No sólo en la duplicada agitación que celebra el festín de Hágale, también en el heroísmo de vencer lo transitorio. Aunque “a las cuatro la noche me trae el llanto de la mañana”, el amor se prolonga más allá de las sábanas y el recuerdo, porque “los lápices jugaban en el techo”, y “no hay olvido que detenga las palabras”.
Mario Mele, apresa en condensado lenguaje, en tono de confidencia epistolar las más veces, la clave de lo momentáneo – ese viejo rito que conduce a la fugaz ebullición de la carne -, y la proyecta a lo perdurable.
Entonces, porque “llené el frasco de las palabras / con la noche…”, poesía, amor y eternidad se confunden.
José Luis Guarino
el café.
miro el café muerto en la taza y viene tu silencio de color oscuro, bebo la carne morena de tus sueños y despierto otra vez en la noche con la garganta abierta, y desde las sombras preparo otro para no dormirme.
la madreselva.
aquellos ojos conmovieron mi sueño, los vi por la madreselva subiendo a la noche como dos mariposas negras, pero al borde del muro mutaron en esos perros viejos que aún agonizan en mi garganta.
el rostro
te me perdés por las esquinas de la casa a medida que prendo las luces, y la mueca de las sombras se filtra, enrojecida, por la ventana, cuando bajás la luna, te me perdés por las lámparas en el techo y vibra el aire en la boca y se seca tras tus pies descalzos que salen a la vereda. |